Cuando reviso mis fotografías favoritas, tan cargadas de promesas y belleza, no puedo evitar pensar en lo que les falta para ser perfectas. Aquellas que temblaron incandescentes, diminutos instantes de genialidad que sortearon el abandono.
Embebida, vuelvo a observarlas. Con el tiempo aprendí a desconocerlas, para volver a recrearme en su imperfección y carácter, lo que las hace tan auténticas. Ya no sé, si norte o sur. Ya no sé, si el basto horizonte alarga los brazos hacia mí, o sólo es una silueta a contraluz, inerte y distante. Tan sólo soy capaz de retener esa preciada puerta a la evasión. A cambio me permiten desplomarme y cabecear en ellas. Por un instante, dejar de chocar conmigo misma, en la eterna lucha de oscilar entre decidir si nos entretenemos demasiado, o vagamos eternamente incompletos.
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