El parque donde aprendí a andar, testigo de paseos de madre, hija y nieta. Las comidas en familia, los madrugones de carretera y manta. La estación, apostada con mirada desafiante, como insignia del reencuentro y del retorno. Y cientos de retazos más de vida anterior.
Un lugar para ser un destello entre el océano. La ciudad que abraza, formada a partir de piezas de distintas épocas y vivencias, cada una con un encanto particular. Grandeza hasta donde alcanza la vista.
Eres esa lágrima que mi madre asoma, aunque ya no seas la misma, por los pasos que no volverán a ser dados sobre tu asfalto. Pero sigues siendo esencia, esa que late y agarra en un acto de rebeldía, como llamándote. Para decir que juegues una vez más a hundirte en su corazón.
Me ganaste.