Ahogándonos en nuestra propia imperfección, profesamos lealtad a la doble moral. Bailamos el tango falaz, escondiéndonos tras grotescas máscaras de carnaval. Esbozando una sonrisa felina y canalla.
Jugamos a encontrar al inocente y al verdugo. No dudamos en ejecutar juicios de filo de navaja. Ingenuos, pensamos que con una sola conciencia basta. Que todo se reduce a cara o cruz. Como si fuésemos autómatas planos que se tropiezan unos con otros. Nos infectamos de indolencia si alguien nos abofetea con un ataque de sinceridad o de culpa ante algo a lo que nuestra aparente perfección no nos dejaría caer.
Y sin embargo, tras la máscara, navegamos en la idea feliz de que el arrepentimiento lo cura todo, escudándonos detrás del perdón, diluyendo nuestra culpa en halagos, justificando nuestros actos. A veces incomprensibles hasta para nosotros mismos.
Átalas, átame. Rebúscalas, retuércelas. Dales mil sentidos. Al fin y al cabo, siguen siendo palabras. Baila, baila...
No hay comentarios:
Publicar un comentario