Yo también me pregunto si algún día dejaré de sentir la necesidad de reescribirte. Si soy yo, o es mi soledad, la que sigue enamorada de rescoldos de ti. La brisa cálida de tus recuerdos trae a mi orilla instantáneas abstractas e inconexas: una sonrisa de complicidad, un temblor descontrolado, un tímido emoticono que me guiña el ojo. Es como si sólo quedaran diminutos trazos de ti que no consigo asociar a una persona en particular. Los restos de una deidad que sobrevive a duras penas en la mente de una atea.
Te idealizo y te idealicé, aunque menos de lo que debería. Esa fue la diferencia insalvable entre tu y yo. Apenas cerré los ojos. No me expuse tanto como debí. Siempre me creí a medias tus palabras de cariño, no supe abrigarlas lo suficiente por que soy una excéptica. Siempre fuimos demasiado rápido, dejándonos vivir, sin saber saborearnos lentamente. Esas certezas me pesan en el alma. Te exigí la impasible valentía que ansío y me impongo a partes iguales. Quizá cuando más censuré nuestra excesiva virtualidad fue cuando nuestros caminos se desdoblaron. Dejé de percibir aquellos sonidos, trazos o destellos como algo tangible. Dejé de sentirnos auténticos. Querer es creer. Y yo sólo supe hacerlo a medias.
Sentencié nuestros nombres como enlaces disjuntos. Nos hicimos aristas y astillas en el proceso. Y ahora, siempre que decido recurrir a lo que queda de ti en mí, mucho más de lo que me atrevo a descubrir, un prudente susurro me dice que es mejor dejar las cosas en paz, que es mejor seguir adelante. El mismo que me dice momentos después "Casi fue, pero no". En mis horas bajas me imagino en el otro lado del camino, contando los meses de veintiséis en veintiséis. En esos momentos, cuando soy sólo silencio, deseo con todas mis fuerzas volver atrás. No reescribir el presente, no, es demasiado tarde. Lo que yo quiero es rebobinar y, al menos, inventar una despedida. Y con un poquito más de empeño, reescribir cada uno de nuestros momentos, plasmarnos tal y como deberíamos haber sido. Disfrutaría de cada uno de ellos, llenaría silencios con miles de preguntas sobre ti, trataría de arrancar nuestra risa en cualquier lugar. Buscaría una humilde eternidad dentro de un espacio tan limitado. Seríamos plenos en una realidad alternativa, libres, ligeros, y a la vez tan imposibles.
No me queda otra que profesar una fe ciega en el condicional, orando por encontrar a ese alguien que consiga hacerme creyente. Así que miénteme, dime que eres muy feliz, aunque no demasiado, para que siga teniendo la determinación de seguir avanzando. Acércate si me ves, permítenos unos instantes de lucidez. Finje interés por mí. Inventemos una descafeinada despedida.
"Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.
Haz ver que me olvidas.
Y me acabarás olvidando.
De verdad.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario