Tus deseos de huir me hacen sentir impotente. No te puedo brindar lo que ansías desde lo más profundo de tu corazón. Sólo te puedo ayudar con palabras inútiles, gastadas, rehechas una y otra vez, para hacerte olvidar al menos unos instantes esa mano fría que aprisiona tu aliento, o quizás para arrojar un poco de luz. Demasiados frentes abiertos, demasiados eternos retornos sin respuesta.
Aguanto días y días sin oír tu voz, hasta que me ahogo de sed. La calmo con una tranquilidad desamparada, limitándome a asentir mientras intentas hacerme testigo, como si nunca me hubiese ido. Te imagino con tintes azules y una expresión cansada. Las conversaciones ligeras son cada vez más infrecuentes, a menudo cotidianas y monocordes, que se escapan del guión.
Finalmente nos cansamos, nos quedamos con un poco de tristeza ajena, y en el silencio de la incertidumbre se escapa un leve suspiro, eco de otro lejano. Fin de la conexión, tú a tu vida, y yo a la mía...
No hay comentarios:
Publicar un comentario